Los jardineros están de vuelta

Este es un clásico de los 80/90´s que vuelve.

¿Quién no recuerda a Rachel Green de Friends o a la genial Carrie Bradshaw de Sex & The City usando uno?

Lo cierto es que el jardinero, enterito, overall, o mono -o como les guste llamarlo- se reedita para esta temporada de primavera/ verano. Y lo mejor: en todas sus formas! Ya sea en pantalón largo, short o pollera, la clave es usar uno en versión denim. Además es una prensa super versátil porque se adapta a diversos climas, ya que ahora podemos combinarlo con remeras de mangas largas y hasta sweaters, y con musculosas para días más estivales.

Nuestras madres y tías fueron afortunadas en usarlo…Así que ¡a revolver sus armarios!

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Mi jardinero preferido es el de pantalón largo, sobre todo este último de Complot. Espero con ansias que salga a la venta lo antes posible para lucir esta temporada!

Ustedes,  ¿qué opinan? ¿Les gusta este tipo de prenda? ¿Prefieren el denim u otra tela?

Un jueves de arte

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Las botellas vacías de Warsteiner desparramadas en el suelo rompían con la coqueta fachada del barrio porteño de Retiro. Bastaba con caminar media cuadra para entender de donde venían aquellos desechos. Era cuestión de seguir a la resplandeciente luz que iluminaba toda la cuadra del barrio que muere cuando termina el horario laboral y los oficinistas huyen para volver a sus hogares. Pero esa noche de llovizna, el barrio estaba despierto y las luces de los locales, prendidas. Tal y como sucede una noche de jueves al mes cuando las galerías de arte abren sus puertas para dar vida al centro porteño con la “GalleryNights”.

Por Suipacha, la música electrónica atrajo a más de un transeúnte a la planta baja de Mock Galería. Allí, el artista Jorge Haro ofició de disk jockey para deleitar a los presentes con su muestra sonora “a>v 2.0” en el último día de su exposición. La música retumbaba en el silencio de la oscuridad. Decoraban la sala unos pocos cuadros que representaban las ondas audiorítmicas de la muestra. La gente ayudaba al silencio y escuchaba tirada en el blanco suelo, estirada y cuidando que la copa de champagne en sus manos no se fuera a volcar. Resultaba una escena extraña para alguien no habituado a este tipo de eventos. Fin del espectáculo y del silencio. A seguir camino.

Al dar vuelta la cuadra, la sorpresa fue total. Era algo inimaginable para quien transita a la tarde por aquella callecita paqueta sin prestar atención. La calle Arroyo es sin duda, la calle de las galerías de arte y fue el punto más alto del recorrido. Dos promotoras ofrecían alegremente Ferrero Rocher a rolete, al tiempo que la música de jazz sonaba con fuerza y alegraba la lluviosa noche. “Imaginemos que estamos en Londres”, se escuchó gritar a una señora enfundada en un enorme tapado de piel y copa de Chandon en mano. Muchos le hicieron caso y comenzaron a moverse al ritmo de “El día que me quieras”, el archifamoso tango que tocaba uno de los saxofonistas de la cuadra.

  En Arroyo,  las galerías de arte están una al lado de la otra, casi como las personas que viajan en el tren San Martín que parte de la cercana Estación de Retiro. Palatina, Espacio Arroyo, Aldo de Sousa y Holz peleaban por atraer la atención de los presentes. La sorpresa fue grande en la última galería. No sólo la muestra de Bruno Grisanti que inauguraba ese día dejó más de una sonrisa en mi cara, sino que también la presencia de una prima a quien hace tiempo no veía. Encuentro feliz y fructífero: su guía ayudó a comprender más la muestra. Abrazo cálido y a seguir el recorrido.

  Diez campanadas bajaron desde lo alto de una iglesia cercana y dieron cuenta del fin del evento. También lo marcaban las botellas y copas vacías tiradas en las veredas. Y la gente paqueta que tambaleaba con unas cuantas burbujas encima hacia sus lujosos autos. Imagen que contrastaban con la gente que acomodaba su cartón en la calle para disponerse a dormir. Otra GalleryNights pasó.

El mundo lunar de Yayoi Kusama

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  Una mezcla de sensaciones se apodera de uno ni bien pisa la esquina porteña de Salguero y Avenida Figueroa Alcorta. Acercarse por estos días al Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) resulta una experiencia visual increíble, donde los lunares rojos copan los exteriores del museo y los árboles de la Avenida.561911_10151813472609207_1550202128_n

¡Tranquilos!, ni uno ni otros tienen varicela u otra enfermedad que se le parezca. Sino que estos círculos cumplen la doble función de anticiparnos que es lo veremos una vez dentro del MALBA, y a la vez llenarnos de incertidumbre durante esa interminable hora y media de cola que se forma en la vereda y que recorría una cuadra y media. La paciencia y las charlas con amigas ayudaron a pasar el tiempo que corría y amenazaba con dejarnos fuera de un viaje hacia la obsesión. Podía escuchar a la gente que salía del museo comentar sobre este viaje e ir haciéndome una idea de lo que estaba a punto de ver. Consejo: ¡Dejar a un lado todo lo que te contaron porque Obsesión Infinita es eso y mucho más!DSCN0784

  Dentro del Malba, los puntos rojos seguían siendo protagonistas, como también lo son en la vida de Yayoi Kusama, la autora de esta muestra retrospectiva –la primera en Latinoamérica- que recorre sus seis décadas en el arte. “Mi vida es un punto, es decir, una partícula entre millones de partículas”, contó la consagrada artista japonesa de 84 años. Y hacia ese universo lunar me interné.DSCN0811

  La primera parada de este recorrido autoguiado por más de cien obras fue en la planta baja del museo donde se encuentran las pinturas más recientes de Kusama, coloridas y magnéticas por demás, y La habitación del borramiento (2002-2013). Este es un cuarto que comenzó blanco y que el público fue convirtiendo en multicolor al pegar por doquier los stickers de lunares obtenidos con la entrada a la muestra. Paredes, piso, mesas, sillas, sillones y hasta vajilla se encuentran hoy repletos de coloridos puntos. Muchos de los cientos de asistentes hasta se animaron a “lunarizarse” ellos mismos, pegándose los stickers en su cuerpo, tendencia a la que no pude dejar de sumarme.DSCN0780

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El recorrido continuó en el segundo piso del MALBA. Tras unos minutos de espera en una larga fila de gente -lo que después de los lunares parecía otro común denominador de la muestra-, me vi encerrada en la Sala de espejos del infinito- Campo de falos (1965/2013).DSCN0795

Esta habitación remite a otro de los grandes traumas de la artista: el terror al falo. Y esa misma sensación es la que se siente en este lugar de paredes y techo de espejos y el piso cubierto por bastones de tela blanca decorados con lunares rojos que representaban penes blandos y fláccidos. Trauma hecho obsesión, puesto que los penes se encuentran en gran cantidad de sus obras, ya sea esculturas, fotografías o pinturas.DSCN0809

  La sala Estoy aquí, pero nada (2000-2013) fue la tercera parada del itinerario, donde esta vez los puntos coloridos brillaban en un cuarto oscuro con luz violeta, el cual simulaba ser el living de la propia casa de la artista, quien pretende mostrar sus alucinaciones y borrarse en su obra con la “acumulación astronómica de puntos”.DSCN0800

  El último y más impresionante tramo de este camino surrealista fue la Sala de espejos del infinito. Plena del brillo de la vida (2011). Allí, los lunares estaban en luces de colores que colgaban cual lucecitas navideñas y se reflejaban en los espejos que cubrían enteramente la sala, espejos que para la artista son la representación del infinito… y también para todo aquel que se interna en esa sala.

  Final del recorrido por esta muestra autorreferencial e interactiva por demás, que apela a los sentidos y es tan coherente como contradictoria: va del full color al minimalismo y otra vez a la multiplicidad de colores. No quedan dudas de que es un fiel reflejo de la personalidad de su autora. Obsesión infinita termina de lunarizar Buenos Aires el 16 de septiembre y es una muestra que no por casualidad es un suceso de público que no hay que dejar de ver.DSCN0779

 

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